Zonas libres

Héctor Pandiella

Free Zone (Zona Libre, 2005), la última película de Amos Gitai, ahonda en la que es la reciente toma de postura del director israelí sobre la realidad en la que se encuentra tratando de distanciarse con respecto a sus personajes en un intento desesperado de no tanto hallar una síntesis como al menos garantizar una tensión no sangrienta entre los diferentes contendientes. En sus primeras películas documentales Gitai trataba de entender el conflicto a través de la intervención, por tanto del conflicto, procurando mostrar con sus cámaras lo que para Israel era tabú, lo cual le ocasionaba, y él ocasionaba también con cierta recurrencia, choques más o menos violentos con los militares, como ocurre en la estupenda Yoman Sadeh (1982), película cuyo desprecio le hizo tomar la decisión del exilio. También entonces comenzó a indagar sobre la idea de tierra y de raíces, en Bayit (1980) y Wadi (1981), acercándose a personajes fronterizos, desplazados tanto por su condición palestina o israelí como por el hecho de adoptar conductas marginales, y reacogidos en una especie de zona libre hasta su expulsión diez años más tarde por la construcción de un gran complejo comercial.

En Francia, tras realizar varios documentales incómodos sobre el funcionamiento del capitalismo transnacional y su implantación en Asia con la producción y comercio con piñas y prostitutas, el israelí volvió su atención a la cuestión judía, no ya desde una perspectiva de choque interna sino, puesto en la piel de sus ancestros tras la gran diáspora, una visión sincera sobre las motivaciones culturales e incluso espirituales que estaban detrás del regreso a Palestina, desde la de los marxistas en los primeros kibutz (Berlin-Yerushalaim, 1989), la búsqueda de identidad en el exterior (Golem, le jardin pétrifié, 1993) o el abordaje de aspectos míticos en una película genial y hermética como es Golem, l’esprit de l’exil (1992). Tras realizar una trilogía documental sobre el renaciente fenómeno del fascismo en Europa, Amos Gitai regresó a Israel con fuerza para abordar la raíz mítica del conflicto y con un gran bagaje cinematográfico, y allí se encontró con una realidad social que escapaba a ningún tipo de análisis reduccionista, ni desde un punto de vista politico-ecónomico ni cultural. Devarim (1995) es el retrato del rumbo que había tomado su generación; una película de personajes hastiados que se enfrentan al sin sentido de la vida cotidiana y que arrastran dolorosamente con la decepción de las esperanzas que sus padres pusieron en la tierra prometida. Y la decepción no está motivada sólo por la guerra, sino por la idiosincrasia propia de Israel. Volverá a intentar explicar el fundamento histórico de la constitución de su país, de nuevo con la cuestión de las casas (pues la pérdida de la casa significó el exilio para palestinos y judíos) en A house in Jerusalem (1998), y se enfrentó a varios judíos convencidos de la realidad de su linaje y que eran incapaces de comprender el concepto-mandato que daba nombre a su calle. Pero la película fundamental para comprender su cine posterior es la sobrecogedora Zirat Ha’Rezach (La arena del crimen, 1996), un documental realizado tras el asesinato de Isaac Rabin en el que el cineasta reconoce ante la cámara, en unas tomas en el interior de un coche que pueden recordad a Free Zone, su desespero ante la posibilidad de una salida al conflicto, pues ahora es más evidente que nunca que el conflicto tiene lugar también (y quizás fundamentalmente, como desarrollará más adelante) en el interior de Israel.

Las siguientes películas de Gitai no tratan de buscar razones a la realidad de Israel, sino que la abordan desde la multiplicidad que la caracteriza, realizando historias cada vez más sencillas sobre las diversas realidades ha las que se ha podido enfrentar. Desde el retrato de una mujer en el seno de la comunidad ortodoxa en Kadosh (1999) a las historias divergentes de los inmigrantes recién llegados de Europa en los años cuarenta en Kedma (2002), por no hablar de su última gran película, Alila (2003), en la que presenta una comunidad de personajes más o menos excéntricos enfrentándose al sexo, al deshonor o la cuestión de la inmigración creciente en Israel.

Así, en Free Zone vuelve abordar la cuestión del conflicto de Oriente Medio mediante la presentación de una serie de historias que casualmente se cruzan, conviven y no terminan de forma definida, como no está definida esa Zona Libre en la que se encuentran. Historias que inicialmente tratan de justificarse y contarse unas a otras, pero que detienen el intento ante la imposibilidad de ser escuchadas. No hay ya nada que justificar ni que entender pues los personajes han pasado de ser, como reza la brutal canción que abre y cierra el film, de inocentes a indefinibles. Y como ya no hay raíces, y si las hay no importan, de lo que tratan es de salir lo mejor parados que les sea posible y solucionar los conflictos causados por una situación que se remonta a ninguna parte y que por tanto no tiene una solución radical. Lo que en Dirigido por… de abril Hilario J. Rodríguez ha definido como “incapacidad para abordar ciertas cosas”, realmente es incapacidad de esas cosas para ser abordadas, y la postura de Gitai me parece, desde la distancia de mi tierra sin conflictos (serios) muy digna y mucho más atrevida que la de un profesor o cualquier hacedor de reportajes. Eso, aunque no niego mi indignación por la catarsis musical que me parece ingenua y fácil, o el recurso evidente a la cuestión del dinero, aunque por suerte el filme está bien trabajado en términos generales.

En cuanto a la factura del filme, Free Zone es una película impecable, deliciosa, en la que abundan los planos secuencia del mejor cine de Gitai, incluyendo los largos travellings que tanta intensidad han aportado a su cine. El recurso a la sobreimpresión es un descubrimiento asombroso pues contribuye a destacar la irreductibilidad de las Historias personales a las ajenas, además de estar perfectamente manejado por Gitai. Esta película demuestra que el director israelí está en forma y que, a pesar de la irregularidad de Promised Land (2004), aún puede aportar cine de calidad aunque no esquemas para la interpretación (y correlativa subsanación) de conflictos internacionales.

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