Archive for May, 2007

En la brecha (Jia Zhang-ke)

May 11, 2007

Héctor Pandiella

Con motivo de la presentación de Cahiers du Cinéma España la Filmoteca ha proyectado en Madrid Sanxia haoren/Still Life (Naturaleza muerta, 2006), el último film, junto con Dong, del realizador chino Jia Zhang-ke, cuya distribución está prevista para España de la mano de Golem, y que se anuncia como uno de los más cruciales acontecimientos para la cinefilia española en 2007.

Still LifeStill Life no presenta sólo una naturaleza muerta. O más bien, no como cabría concebirla en términos tradicionales: como una disposición de objetos inertes destinados a una composición esquemática, a ser representada de una vez por todas. Es cierto que el filme, ante la inercia de los personajes que han sido abandonados del cuadro, recompone la imagen: lejano atisbo de corrección formal que, en el momento en que la despechada Shen Hong anuncia a su marido la decisión de divorciarse, replantea la posición de éste con un leve movimiento de cámara, de reconsideración del encuadre, sin llegar a concluirlo, pues el movimiento mismo forma ya parte de la peculiar cadencia que anuncia el juego de referencialidad sin fin que plantea el filme. Los objetos establecen entre sí puntos de contacto interminables, que se distribuyen según lo determina el gesto de una cámara que no escruta, sino que se deja llevar por los finos hilos que conectan los espacios en ruinas. Espacios que se organizan en torno y en el interior de una extraña Zona, un lugar del que ha de emerger cierta experiencia de lo sagrado: bajo la presa de las Tres Gargantas, gigante de la técnica destinado a conquistar el Yangtsé, cuyas dos orillas han sido unidas por un puente de luz (contradicción entre naturaleza y artificio), y entre lo que ya ha sido olvidado, engullido por el agua, y el orden de la energía prometida. En el roce de esa multitud de “entres”, límites difusos, espacio limítrofe de sí mismo, en esa brecha, que es también la que se establecen entre el cine digital y el celuloide, o entre el movimiento y el estatismo de la cámara, o bien entre el fondo y el primer plano (una relación muy compleja que nos sorprende a los occidentales respecto de la representación de la perspectiva), y quizás también entre el tiempo de la añoranza (de cierta nostalgia dicha por un nostálgico de Chow Yun-fat) y el tiempo del porvenir (del reencuentro que forjará la separación), se (des)delimita un instante del texto, (des)dibujo de una ciudad que se construye sobre su destrucción.

El carácter transitorio de ese espacio, lugar de tránsito, de flujo de sus propios momentos, no se establece de cara a una meta. No es de extrañar que el filme no se adscriba a una lógica de la resolución. El momento, como lugar causal de una cadena de significado, queda en suspensión. En suspensión y en el límite, como el funámbulo que parece pasearse sobre la grieta del cielo en el último plano de la película. Y sin embargo el aspecto pausado y contemplativo que presenta la película no anuncia ninguna situación de riesgo. Es fácil establecer una analogía entre Still Life y Az Utolso hajo (El último barco, 1989), de Béla Tarr. En esta película, que se presenta como una alegoría sobre el destino de una Hungría en transición, los lentos travelling describen edificios en ruinas de un mundo que se cae y cuyos moradores tienen que emigrar a un barco en un viaje sin destino. Pero mientras la película de Tarr se emperra en reconstruir la monotonía, en reforzar la angustia del círculo vicioso y la desesperanza, el trabajo de Jia Zhang-ke resulta mucho más sutil. La Zona, también conocida como Fengjie, es más bien el punto de llegada, aunque no exista lugar de donde. La procedencia es sólo representada por el grabado del billete con el que San Ming describe su identidad pasada. Pero el billete no tiene valor en sí mismo y se convierte en un elemento más del tejido que remite a un rememorar que no trasciende, pues es parte, de la naturaleza muerta. Ésta es el espacio intermedio en el cual toda conexión se establece de manera suficiente en un “interior” que no tiene sentido ante el escape del “exterior”.

Still LifeLos cuatro capítulos del filme, Cigarrillos, Licores, y Caramelos, llevan por nombre partes de la naturaleza muerta, objetos sin vida que no actúan como símbolos de otra cosa, que constituyen partes inútiles de la historia. Y que sin embargo son (estos y otros) la condición de posibilidad de todos los desplazamientos de cámara, ninguno concluso hacia un sentido claro y distinto (la muestra de un gesto decisivo que nos haga salirnos del texto, hacia la conceptualización por ejemplo), sino más bien descriptivo de enlaces. No es baladí que los teléfonos sólo establezcan contacto con quienes ya están dentro o que los medios de comunicación presentes sólo aludan a los acontecimientos interiores.  El espacio aparece, en un mismo gesto, como interior, angosto y exterior, desprotegido. Las grietas de los edificios en ruinas remiten a las grietas de otros edificios. La cadena parece establecerse con claridad y, sin embargo, la grieta misma es la posibilidad de su ruptura. Las dialécticas antaño dominantes del discurso han dejado sólo el rastro que posibilita otro enlace. En lugar del mito de la superación, de la historia-narración, pero sin ocupar su lugar, desplazado en icono (Marx-Engels-Lenin-Stalin-Mao, o bien el edificio letra, mirador hacia la gran obra), aparece la experiencia de la contemplación. La Historia suspendida, punto muerto del impulso de conquista, “Still life” enuncia una extraña paradoja, en la que ninguno de los dos términos llega a cumplirse. Su juntura es la operación misma de Fengjie. Y de este truco emerge la belleza, ya no como anhelo de totalidad, sino como entrega a una discontinuidad insondable.

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