Apichatpong y el sexo, Apichatpong y el cine

April 23, 2006

David Fueyo

Festival tras festival, el tailandés Apichatpong Weerasethakul va consolidándose como una de las propuestas más interesantes que llegan -es un decir, pues sigue siendo imprescindible acudir a eMule o similares para acceder a su obra, ninguneada no solo en salas sino también en DVD- de Oriente, ahora que ya se puede mirar en esa dirección con cierta perspectiva, superado el impacto que produjeron a finales de los noventa los especialistas en terror oriental (Kiyoshi Kurosawa, Hideo Nakata, Hirokazu Kore-eda, entre otros).

En Sud sanaeha/Blissfully yours, segunda de las tres películas que ha dirigido hasta el momento (las otras dos, Dokfa nai meuman/Mysterious Object at Noon, imposible de conseguir, y Sud pralad/Tropical Malady, causante de encendidas discusiones en Cannes 2004), Weerasethakul crea uno de los filmes más irreverentes hacia la cinematografía occidental, epítome en Hollywood, intención que deja bien clara con unos tíulos de crédito muy occidentales: rótulos impresos sobre una escena de transición con música introductoria pero una hora después del comienzo del filme. Por si quedaba alguna duda de la mofa, la reitera al final de la cinta con unos carteles que informan del futuro que espera a los personajes, recurso utilizado en cientos de ocasiones, sobre todo en comedias como Primera plana (The Front Page, Billy Wilder, 1974). Notable también la escena en la que los parias protagonistas pasean por el campo protegidos por una sombrilla, referencia evidente a los ociosos enamoradizos habituales en la obra de directores como James Ivory.

Reseñable también en Weerasethakul es su manera de abordar el sexo, cómo no, nada convencional, recreándose en actantes de carnes fláccidas (la cuarentona Orn y su pareja), centrándose en coito y post-coito, sin cortes de montaje ni planos que lo acerquen al videoclip, sin evitar la eyaculación (la pareja de Orn arrojando el condón usado o Roong lavándose la cara en el río tras haberle practicado una felación a Min), e incluso con algunos plausibles hallazgos, como la conexión entre las caricias a una palanca de cambios, posteriormente trasladadas a una polla, o el amante que condimenta la pieza de fruta post-polvo frotándola en la entrepierna de su pareja.

Entre las dos obras disponibles del tailandés existe una admirable coherencia interna, divididas ambas en dos partes: la presentación de los personajes y del problema en la ciudad, y la resolución (terrenal, en este caso, metafísica en Sud pralad) en el campo, con pequeños paréntesis para unos intertítulos ilustrados hechos a mano y leidos por unos protagonistas frágiles, él con una erupción cutánea -genial la escena en la que Orn le prepara unas friegas compuestas de Avon, pepinos y tomate- que impide el frotamiento, aunque no la delectación oral.

En Occidente necesitamos más miradas como la de Apichatpong.

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Los fantasmas de Almodóvar

March 31, 2006

Héctor Pandiella

Volver tiene algo de vuelta: es una vuelta al cine a ver otra película de Almodóvar, una vuelta a las mujeres en el argumento, y con esta vuelta cierta vuelta a su mejor época. Pero la vuelta no es un cierre de círculo que permita hablar propiamente de una vuelta: parece imposible que después de sus tres películas anteriores y del desgaste que suponen al conjunto de su obra, que ya no puede abrirse en varias direcciones sino que se ofrece a ser etapificada, Almodóvar pueda volver. O mejor, si puede volver lo hace como fantasma; más precisamente como leyenda: el nombre que siempre promete y siempre decepciona, que obliga a una vuelta al cine a ver otra película de Almodóvar.

Volver vuelve a Almodóvar un director mayor pero de una madurez casi anciana, o sin salida, o sin vuelta a la infancia. Recupera, es verdad, el ambiente de la infraclase que retrataba en ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, y el cuadro de mujeres ex-céntricas, digamos, periféricas, de Mujeres al borde de un ataque de nervios. También cierta afición al sadismo, como en ¡Átame!, y de esta misma una muy graciosa alusión a la telebasura. Sin embargo, a estos guiños temáticos, Almodóvar contrapone una solemnidad, excesivamente autoral, o más bien divina, que neutraliza lo espontáneo de sus películas realizadas en torno al comienzo de los años 90. Pierde a su vez la característica frivolidad, la ironía evidente, pero que en tanto explícita parece ocultar lo que muestra, dando lugar en una atmósfera de aparente control absoluto una maravillosa inyección de perspectivas. Pierde estridencia, no la estridencia oscurantista y políticamente correcta de La mala educación (que parecería muy del gusto de John Waters), sino la del colorido universo desmadrado de pederastas, maltratadores, travestidos y escritores esquizofrénicos. Pero este no es un espacio para la nostalgia.

Volver es la vuelta de Carmen Maura: el fantasma de los tiempos pasados, de las buenas películas, y del ‘quiero y no puedo. Y menos mal, por otra parte, porque con independencia de lo que su figura implica, es necesario como contrapeso del maniquí protagonista. Con independecia de los ademanes actorales, el jugoso argumento que da pie a la película se va progresivamente transformando en una explicación a sí mismo, una justificación de su universo y su progresivo cierre. El mismo Almodóvar reconoce la complejidad que llegan a adquirir sus historias: sin embargo se empeña en darles hilo conductor, en clarificarlas o unificarlas, en dar salida: esperanza, quizás. Y así, a Volver no le falta cierto espíritu de redención, o más bien, de búsqueda de equilibrio con las acciones del pasado. Pero esto no supone la apertura de una dimensión oculta, sino que limitándose Almodóvar insiste es ser capaz de cerrar lo ocurrido, de definir un aquí y ahora con el que termina la película y lo demás que se lo lleve el viento.

Volver vuelve a fallar en lo mismo en que lleva tiempo fallando el cine del director manchego. Por lo menos resulta más modesta, menos pretenciosa y eso ayuda a que haya que volver a las salas cuando tenga lugar su próximo estreno. Sin embargo, no seguiremos volviendo por mucho tiempo, pues nosotros no estamos dispuestos a que nos arrebate lo nuevo quien ya no es capaz ni de insinuarlo.

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